Retrato de Vox a partir de la moción de censura

Esta entrada va a ser muy diferente de las anteriores. Hasta ahora, me he dedicado a analizar temas desde un punto de vista legal. Sin embargo, cuando abrí el blog, también me propuse utilizarlo para poner al desnudo los discursos de la extrema derecha,  y eso es lo que trataré de hacer esta vez.

Vox presentó la semana pasada una moción de censura, que implicó un debate parlamentario en el que su líder, Santiago Abascal, dispuso de todo el tiempo que quisiera para presentarse a sí mismo como candidato, a su partido y a su ideario. Reducir a un partido a una intervención parlamentaria es mucho reducir, pero la importancia de este debate para Vox nos puede hacer pensar que, al menos en lo esencial, el partido se presentaría tal y como es por boca de su líder. Así pues, he escuchado el discurso inicial de Santiago Abascal (se puede escuchar aquí: empieza en 1h y 22 minutos y termina en 3 horas y 32 minutos) y su discurso final, que se puede escuchar aquí (empieza en 3 horas y 53 minutos).

No voy a analizar con detalle un discurso tan largo. No voy a examinar cada uno de sus argumentos, porque sería interminable. Aparte de poner algunos ejemplos para que se entienda mejor lo que quiero decir, lo que me interesa es intentar encontrar las líneas argumentales principales y los recursos retóricos que usa Abascal, porque creo que, con la extrema derecha, hay que estar tan atentas y atentos al fondo como a la forma. La forma revela la manera de pensar y los “trucos” con los que ciertas afirmaciones se hacen pasar por verdades sin necesidad de demostrarlas. Creo que aprender a conocerlas servirá para identificar cuándo un discurso es fiable, y cuándo hay que desconfiar.

El franquismo

Antes de empezar con el análisis, creo que merece mención aparte la relación de Vox con el franquismo que Santiago Abascal expresó al decir que el Gobierno actual era el peor en los últimos 80 años. Todo el mundo comprenderá que afirmar esto es lo mismo que negar la gravedad de la dictadura franquista y los perjuicios que supuso para el desarrollo de España. España, al final del franquismo, no era un país ni parecido a los vecinos europeos. No solo era una dictadura, sino que su desarrollo económico, educativo y cultural estaban muy por detrás del de la Europa occidental. Es curioso que Abascal, por un lado, se declare defensor de las libertades civiles y por otro, diga que fueron mejores los gobiernos de Franco, en los que no existían esas libertades, que el Gobierno actual. Aun aceptando que esas libertades estén, como él dice, en grave peligro actualmente, es una afirmación contradictoria, porque esas libertades hoy existen y durante el franquismo, no.

Es importante destacar esta relación de Abascal con el franquismo: considerar mejor a una dictadura sanguinaria, corrupta y represora que a nuestras condiciones de vida actuales expresa mucho sobre su manera de pensar y los proyectos de sociedad que puede tener.

El “consenso progre”

Vox parte de que, en el mundo, existe un “consenso progre”, como él lo llama, entre las organizaciones internacionales, las grandes empresas multinacionales y, en nuestro caso, el Gobierno y las élites de España. No explica en ningún momento en qué consiste exactamente ese consenso, ni cuándo se estableció, ni dice con más precisión quién participa en él. Nombra a “Bruselas”, “Davos”, o a algunas organizaciones internacionales; también a George Soros, que ya es un lugar común. Pero no especifica nada más: todo lo da por supuesto y por sabido.

Ese “consenso progre” es el que explica, básicamente, que las cosas no sean como a él le gustaría. Así, la política climática, la migratoria, la energética u otros muchos ámbitos en los que él, estando en su derecho, discrepa, se explican por este “consenso progre”, por un grupo de personas que, repito, no dice quiénes son, pero tiene el suficiente poder para imponer una “agenda ideológica” que se lleva todo por delante, que resulta irresistible, precisamente por estar apoyada por grandes empresas multinacionales. Abascal, en ningún momento, se toma el trabajo de analizar esas políticas de manera científica y detenida. Su disgusto y desacuerdo con ellas se deben a que son productos del “consenso progre” ideológico, y no a que sus propias ideas puedan ser las equivocadas. A las políticas que a él no le gusta, no les concede ni el beneficio de la duda de poder tener algún fundamento razonable. Por lo tanto, esta idea del “consenso progre” le sirve para librarse de cualquier trabajo de análisis. Todo lo que sale de ese “consenso” es malo de por sí; y todo lo que a él no le guste, es producto de ese consenso. En un mundo sin “consenso progre”, esas políticas que a él le disgustan no existirían, porque no tienen ninguna otra fundamentación.

Conclusión: La teoría del “consenso progre” sirve a Vox para librarse de hacer un análisis detenido y científico del mundo que los rodea y de la política que se aplica. Por tanto, cada vez que oigamos esta manera de argumentar, desconfiemos: es solo un truco de flojos para no estudiar ni trabajar sus argumentos.

El pueblo auténtico contra la élite

Muy relacionado con este consenso progre está la contraposición tan típica de la extrema derecha y de la derecha populista entre pueblo y élites. En su discurso, Abascal habló de un pueblo español amordazado y reprimido que, no obstante, se levanta contra el “consenso progre”. Una “mayoría silenciosa” que poco a poco se va despertando y que está radicalmente en contra de todo lo que quiere hacer el Gobierno de España, como representante del “consenso progre” internacional. Constantemente en el discurso se refirió a una élite política, cultural y económica completamente desconectada de los intereses y problemas del pueblo, y que es la que en realidad toma las decisiones, con el único fin de perpetuarse en el poder y de beneficiarse de los recursos que el poder le proporciona.

Está claro que en España, la corrupción es un gravísimo problema y que hay un distanciamiento innegable entre la política y la ciudadanía. Sin embargo, estos son fenómenos explicables e identificables cuando se investiga sobre ellos, sobre todo judicialmente. Abascal usa aquí un modelo de argumentación que es un enormemente común entre la derecha populista europea: toda la clase política es corrupta e ignora al pueblo, mientras que ellos, Vox, son la voz (ya lo dice el nombre del partido), los representantes y los defensores de ese pueblo, de la gente auténtica y honesta, la de aquí, la que sí sabe lo que es trabajar. Repito que no hay que negar los problemas que existen. Pero su solución no consiste en hacer un bando de los buenos y otro de los malos, ni tampoco en otorgarle a un partido el monopolio de la representación popular. En la política, como en todas partes, hay corruptos y honestos, flojos y trabajadores, egoístas y gente preocupada por el bien común. El interés que persiguen estos discursos es finalmente el de fomentar el desapego de la ciudadanía por las instituciones y atraerla hacia un determinado partido. Pero ningún partido puede pretender que representa a todo el pueblo y que sabe lo que a ese pueblo le conviene, porque el pueblo que ellos presentan como unitario en realidad es diverso.

Conclusión: Con el discurso de “el pueblo contra la élite”, Vox no busca dar protagonismo a la gente, sino dárselo a sí mismo, como única alternativa honrada. Cualquier discurso que meta a un grupo de personas diversas y distintas en un mismo saco (políticos = corruptos) nos debe hacer desconfiar, como cualquier partido que pretenda saber, en exclusiva, cuál es la voluntad de un pueblo al que consideran homogéneo y unitario.

Deslegitimación del adversario

En la moción de censura, Santiago Abascal no escatimó en descalificaciones para las ideas, proyectos políticos, instituciones y personas que a él le parecen equivocados. Por supuesto, estando en un discurso de moción de censura, le correspondía ser muy crítico con sus rivales políticos; sin embargo, su crítica, muy frecuentemente, dejó el terreno de la razonabilidad y de los hechos y se convirtió en una simple denigración de sus oponentes. Es interesante comprobar cómo, en muchos casos, esta deslegitimación se realiza poniendo a sus adversarios en relación con otras realidades que son comúnmente consideradas negativas. De esta manera, no se caracteriza al adversario por lo que es o por lo que hace, sino que, simplemente, se lo equipara o relaciona con otro con el que no tiene nada que ver para desprestigiarlo. Así, la Unión Europea, para Abascal, aspira a ser una réplica de China o de los proyectos de Hitler. El ingreso mínimo vital es, según él, una manera de llamar a inmigrantes ilegales. A los partidos del Gobierno los asocia con “narcodictaduras” latinoamericanas y los acusa de alabar el muro de Berlín. También los asocia, cómo no, con la banda terrorista ETA, lo que ya es un lugar común. A Podemos lo acusó de tener milicias callejeras de matones. También tachó a la UNESCO de antisemita, y dijo que el cambio climático es algo así como una religión chamánica. A la hora de presentar pruebas para sostener todas estas acusaciones, se quedó muy corto.

Conclusión: Relacionar al adversario político con realidades aceptadas generalmente como negativas no es una crítica fundamentada en hechos, sino que es un recurso retórico que sirve para crear rechazo en el ánimo de la gente: Si me dicen que la Unión Europea quiere ser como China, rechazaré a la Unión Europea. No porque su política migratoria me parezca ineficaz o porque sus procesos me parezcan muy lentos, que son cuestiones que requieren estudio y que admiten distintos puntos de vista. Esto ya no me interesará: lo único que tendré en la cabeza es que la Unión Europea quiere ser como China. Por tanto, exijamos siempre pruebas de cualquier reproche de este tipo que se haga. Si no las hay, es que se trata de nuevo de un truco para no tener que pensar ni razonar.

La exageración y la agitación del miedo

Abascal, desde luego, se subió a la tribuna los dos días del debate para expresar con detalle todo lo que le parece mal del Gobierno y la política actuales, y para criticarlo. No hay duda de que un debate de moción de censura está para eso, y él adoptó su papel. También está claro que España atraviesa ahoa momentos muy dramáticos y muy difíciles, y que los próximos años deparan escenarios muy complicados. Por último, está también muy claro que la actuación de los diferentes poderes públicos podría haber sido mejor. Abascal subrayó todo esto, e hizo bien, pues era su papel. Pero el vocabulario y las expresiones que utilizó en muchas ocasiones me hacen pensar que quería aprovecharse de esta situación, en la que muchas personas se sienten inseguras y vulnerables, para agitar esos sentimientos en su favor. Por ejemplo, cuando habló de que una Cataluña independiente sería una “república islámica catalana”, cuando habló constantemente de una ruina del estado del bienestar, cuando caracterizó al proyecto de los partidos en el Gobierno, y también al de la Unión Europea, como proyectos totalitarios, que tratan de meterse en todos los aspectos de la vida de la gente y de sus familias, o cuando habló de conjuras contra la Constitución. El insinuar que los partidos del Gobierno han utilizado la pandemia como oportunidad para llevar adelante su proyecto totalitario también se puede mencionar aquí. Como se puede ver, todas estas afirmaciones exceden con mucho de la crítica legítima que se puede sustentar con hechos y pruebas. Se trata de despertar sentimientos de angustia, de miedo, y de aversión contra determinadas personas, instituciones y proyectos. Agitados esos sentimientos, Vox se presenta después a la gente como salvador.

Mención aparte merecen aquí sus apreciaciones sobre las elecciones en España. Abascal presentó la moción de censura prometiendo que, si la ganaba, no gobernaría, sino que convocaría elecciones antes de final de año. Sin embargo, dijo que en la España actual, sería difícil celebrar unas elecciones libres, puesto que los partidos del Gobierno están copando todas las instituciones del Estado mientras Vox es víctima de violencia política por parte de “milicias” con las que los partidos del Gobierno tendrían, según él, como mínimo, una connivencia. Esto merece mención aparte porque es muy grave. Sin tener la más mínima prueba de que haya habido fraude electoral en España, Abascal deja caer que el Gobierno está dispuesto a amañar las elecciones. También se presenta como víctima. Si bien es cierto que ha habido incidentes en actos de Vox que no deberían haber ocurrido, desde luego el partido está muy lejos de ser impedido en la competición electoral, y sus resultados así lo demuestran. Abascal busca aquí minar la confianza en los procesos más elementales de la democracia. Si consigue su objetivo, quizás algún día la ciudadanía ya no quiera elecciones, pues pensará que no tienen ningún sentido si están amañadas.

Conclusión: No nos dejemos impresionar ni llevar por las grandes palabras catastrofistas. Toda crítica racional y basada en hechos se puede expresar de manera racional, sin necesidad de enormidades ni de tratar de provocar sentimientos en quien nos escucha. Cuando se apela a nuestros sentimientos, nos hacemos más facilmente manipulables. Hay que mantener la cabeza fría y pedir siempre explicaciones a quienes nos anuncian terribles catástrofes y escenarios espeluznantes. Si no nos las pueden dar, será porque tratan de utilizarnos. Hay que estar especialmente vigilantes cuando se trata de despertar la desconfianza en las instituciones y en los procesos democráticos más fundamentales. Sin perder la capacidad de crítica ni de reivindicación de mejoras, no podemos aceptar un desapego que nos haga pensar que da igual celebrar elecciones que no celebrarlas.

La simplificación de problemas y soluciones

Abascal trató en su discurso de temas muy importantes y complejos, sin duda. Pero lo hizo de una manera muy propia de las derechas populistas europeas: proponiendo supuestas soluciones muy simples a problemas muy complejos. Por ejemplo: el drama migratorio del Mediterráneo se detendrá, según él, con medios policiales y militares que eviten la inmigración irregular. Para Abascal, los motivos que tiene la gente para salir de sus países no cuentan a la hora de buscar soluciones a este problema, que las necesita urgentemente. Y eso, a pesar de que él mismo mencionó a los terroristas integristas islámicos de los que muchas personas huyen en dirección a Europa. Para Abascal, la clave para la transición ecológica en España está en los trasvases de agua, que llevarían el regadío a muchas zonas del país, creando hasta 5 millones de puestos de trabajo (cálculo muy simplista, contando 2 o 3 trabajadores por nueva hectárea de regadío como si fuera una tarifa plana). Las plantas absorberían el CO2 y conseguiríamos así la neutralidad climática. Puede haber un cierto mérito en estas ideas, no lo sé, pero creer que con este solo plan todo el problema está arreglado parece bastante ingenuo. Abascal se refirió a la enorme deuda pública que tiene España en estos momentos, a la dificilísima situación económica a la que nos enfrentamos, a la pérdida de empleo industrial y a la emigración de mucho talento joven. ¿Su receta para resolver todo esto? Reducir el gasto político y los impuestos. Para que nos hagamos una idea de las magnitudes: la Unión Europea va a poner a disposición de España 140.000 millones de euros. Eso es lo que se necesita para la recuperación. El Ministerio de Igualdad, según dijo el propio Abascal, tiene un presupuesto de 180 millones de euros. ¿De verdad que es la reducción del gasto político “ineficaz”, como el lo llama, lo que nos va a salvar? Está claro que tendremos que gastar con cabeza, está claro que habrá que reducir algunos gastos de las administraciones públicas (o quizás sea mejor redistribuir esos gastos, porque nos acabamos de dar cuenta de que, por ejemplo, la Seguridad Social no tiene suficiente personal para afrontar esta situación). Pero presentar esto como la solución para la recuperación económica deja mucho que desear como plan de un candidato a Presidente del Gobierno.

Conclusión: La derecha populista es experta en dar soluciones simples a problemas complejos. Es una buena manera de hacerse popular. En un mundo que se enfrenta a problemas muy difíciles, muchos nos podemos sentir ante ellos confundidos, indefensos e inseguros. Una respuesta fácil y rápida, como las que nos ofrece Santiago Abascal, nos puede transmitir una sensación de seguridad. De nuevo, desconfiemos: es una nueva táctica para ganarnos por el estómago y no por la cabeza. Son pocos los problemas políticos y sociales para los que haya soluciones simples. Aceptémoslo, y tomémonos el trabajo de estudiar las soluciones difíciles y complejas.

Vox como salvador de la gente

Santiago Abascal se ha querido presentar como el abogado de la gente normal, de los ciudadanos honestos, trabajadores e incluso, de los pobres. En varias ocasiones se refirió a la gente pobre como la que, por ejemplo, sufre las consecuencias negativas de la inmigración, mientras las élites ricas, protegidas por su seguridad privada, no sufren esas consecuencias. Para criticar la vestimenta informal de algunos diputados y diputadas, dijo que dicha vestimenta era una falta de respeto contra los ujieres, camareros o personal de limpieza del Congreso de los Diputados. Dijo que la vida siempre ha sido más fácil para los ricos que para los pobres, y que él y su partido estaban atentos a los “futuros personales que se desvanecen” a causa de los proyectos climáticos de la élite progre.

Otra manera de presentarse como salvadores de la gente es pretender que Vox es el único partido que dice la verdad. Varias veces en su discurso, vino a decir que la prensa está comprada por el Gobierno, que los medios de comunicación no informan de distintas situaciones o circunstancias. Es la “prensa mentirosa” de la que también habla mucho la extrema derecha alemana. Por eso, era absolutamente necesario que él se subiera a la tribuna del orador del Congreso de los Diputados para contarnos a todas y todos la verdad, esa verdad que los medios nos ocultan. Como veremos a continuación, esa verdad suya es muy relativa en ocasiones, pero, en todo caso, él aspira a ser quien lo sabe todo. También supone que la ciudadanía necesita que él venga a sacarla de su error: nosotras y nosotros solitos nunca seríamos capaces de detectar las falsedades de los medios: lo necesitamos a él para que nos ilumine.

Para saber qué intereses defiende un partido, vale más mirar a su programa y, si gobierna, co-gobierna o facilita gobiernos en algunos lugares, estudiar lo que hace allí. Uno puede hablar mucho del pueblo y de la gente, pero cuando lo que propone es tan simplista, tan poco realista y tan poco elaborado como las propuestas de las que hablé antes, la verdad es que no parece muy creíble. Por otro lado, reclamar el monopolio de la verdad encaja muy bien con algunas de las tácticas que vimos antes: se trata, por un lado, de crear desconfianza en las instituciones y los medios, y por otro, de ganar esa confianza uno mismo prometiendo ser el único que dice la verdad.

Conclusión: Miremos siempre a la historia y a los planes de un partido para saber qué intereses defiende. Seamos críticos con los medios de comunicación y las informaciones oficiales pero, con ese mismo espíritu crítico, desconfiemos de quien promete revelarnos la verdad absoluta y única. En realidad, solo está intentando ofrecernos una falsa seguridad, porque la verdad, de nuevo, suele ser compleja y estar en muchas partes.

Inexactitudes y contradicciones

Para ser alguien que, como he dicho, reclama la posesión de la verdad, Abascal patinó varias veces en su discurso. O igual no patinó, sino que quiso patinar. En su discurso final, por ejemplo, se refirió a una condena a la asociación Infancia Libre. En realidad, se ha condenado a su presidenta personalmente por sustracción de menores, pero las denuncias que había contra la propia asociación fueron archivadas. En su defensa de las provincias, Abascal puso al País Vasco como ejemplo de una Comunidad Autónoma centralista, que no deja margen para las particularidades de los territorios que la forman. En realidad, Euskadi es la más descentralizada de todas las Comunidades Autónomas. Está formada por tres Territorios Históricos (Álava, Gipuzkoa y Bizkaia) que tienen, incluso, autonomía fiscal, regulan y recaudan impuestos ellas mismas y tienen competencias en servicios sociales o transporte, por mencionar solo dos.

En cuanto a las contradicciones, para mí, la más palmaria es la de denunciar la persecución y la censura por parte del Gobierno y los partidos que lo componen contra las ideas disidentes (lo llamó “deshumanización del disidente”), a la vez que él mismo se dedicó a denigrar a las ideas que a él no le gustan y a las personas que las defienden, como dije antes. “Disparates de género” es lo más suave que dijo. Pero la libertad de expresión no consiste en hablar y que se callen los demás. Cuando uno habla, se expone a la reacción de los otros. Esta reacción no puede caer en el insulto ni en la calumnia si quiere ampararse en la libertad de expresión, pero puede ser afilada y chocante. Cuando Abascal y Vox hablan, se exponen a la crítica. No puede ser que llamen a esa crítica “censura” ni que se presenten como víctimas de ella. La libertad de expresión sirve justamente para fomentar el contraste de ideas, y no para proteger de la crítica a quien habla. No discuto que las reacciones a los discursos de Vox y Abascal hayan excedido de la libertad de expresión o del buen gusto en algunas ocasiones, pero justamente por eso, él no debería hacer lo mismo.

Conclusión final

En la moción de censura, Abascal demostró ser un populista de derechas “de libro”. Espero que mis reflexiones sobre su manera de discurrir sirvan para identificar las trampas de discursos como el suyo. Sin embargo, hay más lecciones que sacar de este episodio de la moción de censura, a mi entender.

En primer lugar, quienes estamos convencidas y convencidos de la democracia y pensamos que son indispensables las instituciones fuertes, tenemos que evitar, por todos los medios, usar en nuestros discursos las tácticas de Vox. A veces es tentador apelar a los sentimientos de la gente, o exagerar, o denigrar al otro, o retorcer un poquitín los hechos para que cuadren mejor en nuestro argumento. No lo debemos hacer nunca. Quizás no nos podamos entonces expresar con la contundencia de la derecha populista, pero esa debe ser nuestra fortaleza: reconocer la complejidad de las situaciones y de los argumentos, estar dispuestos a corregirnos, no pretender que lo sabemos todo y tratar de ver las cosas desde distintos ángulos. Después de este trabajo, nuestros argumentos serán los mejores.

En segundo lugar, no hay que pensar que Vox se acabó después de este episodio. En su discurso, Abascal habló de problemas muy importantes y muy serios, que afectan y preocupan a mucha gente, que echa de menos una respuesta política a la altura de los retos. No podemos desechar esos temas solo porque los haya sacado Vox y los haya tratado de esta manera tan insatisfactoria e inútil. El Gobierno y los grupos parlamentarios y partidos tienen deberes: abordar esos problemas de manera científica, razonable, abierta al diálogo y rigurosa, y quitarle así a Vox el viento de las velas. No podemos regalarles el dominio exclusivo sobre esos temas tan importantes. Para eso, tenemos que ser mejores que ellos. Más sabias, más inteligentes, empáticas y trabajadoras.

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